Aquella noche me dediqué a
organizarme, tras el estreno volvería a Nueva York, donde una vez estudié, allí
me esperaba un pequeño apartamento en Brooklyn. Saqué mi billete rápido por
teléfono e hice mis maletas.
Alguien llamó a la puerta.
Abrí con la esperanza de
encontrarme a Iris, pero allí solo estaba Tino con una pizza y dos cervezas.
-Hola… estaba preocupado porque hace
días que no llamas a la pizzería, ¿Estás empezando a comer sano? Porque eres
escritor tío, la paga no te da-dijo.
Suspiré.
-Era una broma-añadió.- ¿Estás bien?
Le invité a pasar.
-Mujeres, Tino.
Se sentó en el sillón.
-Mujeres… el diablo escondido
tras unas bonitas piernas y maquillaje-dijo.
Sonreí vanamente.
Cogí un trozo de pizza y le di
pequeños mordiscos, no tenía hambre, hacía días que no probaba bocado, me
pasaba las horas escribiendo.
Terminamos de cenar y Tino se
despidió.
-Tío, no lo pienses más, has más tías
por ahí, eres un tío guapo y escritor, se deben pirrar por ti-dijo.
Sonreí y cerré la puerta.
Me senté en el sillón y cerré los
ojos, volvieron a llamar a la puerta.
Abrí sin siquiera mirar a mi visitante.
-¿Qué se te olvida ahora,
Tino?-pregunté.
Levanté la mirada y vi a Iris
empapada, vestida con un vestido azul, unos tacones altos y despeinada.
Se abalanzó sobre mí y me besó.
Me quedé inmóvil.
-Lo siento mucho, fue culpa de Marcos-dijo.
Comenzó a llorar.
Reaccioné y la abracé, cerré la
puerta con una patada y la llevé hasta el sillón.
-¿Culpa de Marcos?-pregunté.
-Sí, me amenazó-dijo secándose las
lágrimas.-Nos vio juntos, lo sabía y me amenazó con inculparte de algún delito
o incluso me amenazó con matarte.
La abracé fuertemente.
-Siento mucho todo lo que dije, nada era
verdad, me estaba muriendo por dentro mientras lo decía.
-Ya se acabó, no pasa nada.
La volví a besar.
-Esta noche, me ha pedido que me case
con él y entonces desperté, me negué a ser su marioneta y salí a la calle.
Vámonos de aquí, Daniel, ¡Huyamos!
Resoplé.
-Nueva York, he sacado mi billete,
pensaba irme, tengo un pequeño apartamento, no más grande que este, pensaba en
empezar de cero-dije.
-Me voy contigo-dijo.-Nueva York es mi
sueño… hay grandes oportunidades, es “el sueño americano”.
-¿Estás segura de esto?-pregunté.
Asintió.
Cogí mi teléfono y le di a re-llamada,
contestó la secretaria de Iberia que había cogido el teléfono antes.
-Señorita, soy Daniel Macías, de nuevo,
hace unas horas he reservado un billete a Nueva York, ¿Queda alguno más? Es
urgente-dije.
-Espere un momento… A la 1 de la mañana
ha reservado usted, no quedan billetes libres-contestó ella.
-¿Y en algún vuelo posterior?
-Quedan solo billetes del vuelo de las
12 y media-dijo.-Deben estar en el aeropuerto una hora antes de facturar.
-Señorita, me es imposible estar allí
una hora antes, estreno una obra de teatro y acaba justo a las 12, ¿Podríamos
facturar media hora antes?-pregunté.
-Haré lo que pueda-dijo.-¿Cuántos
billetes les reservo?
-Dos, por favor.
-Está bien, muchas gracias por contratar
Iberia.
Colgué el teléfono.
Suspiré y la abracé.
-Empezaremos una nueva vida-dije.
Se quitó los zapatos y se
acurrucó a mi lado, poco a poco se quedó dormida y la llevé a la cama.
Me senté en mi escritorio y no
pude evitar que las lágrimas resbalasen hasta caer en la mesa.
Noté sus brazos abrazándome.
-¿Te he despertado?-pregunté secándome
las lágrimas.
-No importa-dijo.
Se sentó en mis rodillas.
-La obra está basada en una historia
real-dije al fin.
Se sorprendió, pasó sus delgados
dedos por mis mejillas.
-Mi hermana, se llamaba Catalina, yo era
el único que la llamaba Lina, la obra es real, la última vez que estuve en
Nueva York fue por ella, fui a estudiar, ella me acompañaba con la intención de
ser cantante, trabajó en un café de jazz, allí conoció a una chica, Mary, no
Maia, el director no se llamaba Lucca, sino Agustín, era venezolano, no
italiano, mi hermana acabo cambiando poco a poco, yo no me di cuenta de ello,
estaba tan centrado en mis estudios, acabó suicidándose frente al venezolano,
él abandonó el cadáver, yo me encargué de pagar el traslado a España-le conté.
Se quedó muda.
-Y decidiste escribir su historia-dijo
tras el silencio.
Asentí.
Me besó y me abrazó fuertemente.
-Estaría muy orgullosa de ti, yo lo
estoy.
Sonreí.
La llevé a la cama de nuevo y me
tumbé a su lado, me abrazó y puso su cabeza sobre mi pecho.
Noté como si un peso enorme
saliera volando de mi interior, volvía a estar completo, podía respirar de
nuevo.
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